lunes, 11 de mayo de 2009

De La Gloria al infierno

JOSé GIL OLMOS

MÉXICO, DF, 8 de mayo (apro).- La Gloria es un pequeño pueblo de Veracruz que hasta hace unas semanas pocas personas en el país y en el mundo sabían de su existencia. Sin embargo, a partir de la sospecha de que ahí pudo haber brotado la pandemia del virus de "influenza porcina" --que por razones comerciales 'mutó' a virus de "influenza humana"--, su historia cambió, como lo hace el viento, y su nombre glorificado fue tomado como una maldición, como la cuna de la nueva peste que hasta hace unos días amenazaba la existencia humana en los albores del siglo XXI.

Hoy que el AH1N1 o virus de influenza humana casi desaparece de los medios por orden presidencial, vale la pena recuperar la historia de este pueblo, una comunidad de mitos, como es el mexicano, que llegó a ser el centro de atención mundial.

En un principio, la noticia que apareció en los diarios locales desde febrero, sobre una comunidad de la región de Perote, Veracruz, que estaba siendo azotada por los aires hediondos de una granja criadora de puercos, provocando que la gente se enfermara de una rara fiebre que los llevaba hasta la muerte, se perdió en la mar de noticias inundadas por el narcotráfico.

Pero cuando el presidente Felipe Calderón apareció casi a la medianoche del jueves 23 de abril reconociendo la existencia de una nueva cepa del virus de la influenza, la historia de La Gloria comenzó a escribirse con letras rojas y amarillas, pues al día siguiente muchos reporteros locales, nacionales e internacionales, que antes venían a buscar los muertos de la guerra contra el narcotráfico, ahora voltearon hacia la comunidad veracruzana, tratando de encontrar en sus tierras el punto de partida de la pandemia, algo que hasta hora pone en duda el virólogo mexicano Carlos Arias, uno de los más reconocidos en el país.

Como ha ocurrido en otros pasajes históricos del mundo que han causado heridas sociales, la comunidad de La Gloria ha cobrado importancia sin que lo buscara, de manera completamente accidental, pues si el virus de influenza porcina no se hubiera presentado en México, sino en China o en cualquier otro país, su nombre jamás hubiera traspasado las fronteras de esta zona árida en la que los ventiscas forman nubes de tierra que cubren por instantes el cielo.

Pero siendo justos, La Gloria ya había empezado su peregrinar en los medios de comunicación años antes, desde el 2004 cuando iniciaron las denuncias de contaminación de los mantos freáticos y el aire, en contra de la empresa Granjas Carroll de México SA (que pertenece en 50% a la firma estadunidense Smithfield Foods Inc), la cual fue instalada en 1994 en esta zona que colinda con Puebla, luego que en Virgina, su sede, también fuera denunciada y expulsada por ser un foco contaminante desde 1985.

La gente de la zona en la que colindan Puebla y Veracruz, campesinos empobrecidos, protestaron por la instalación de esta granja, alegando que los restos de sus 500 mil cerdos contaminaban la tierra, el aire y el agua.

Sus voces fueron acalladas por las denuncias penales que presentaron los dueños de la granja, quienes alegaron difamación, así como por la indolencia cómplice del gobernador priista Fidel Herrera, que eludió una y otra vez se manchara la imagen de esta empresa trasnacional de la que al parecer recibió apoyo en su campaña electoral.

Pero las protestas volvieron a avivarse cuando en marzo de este año se registraron los primeros casos de la extraña gripe que, en pocos días, se había extendido por las arenosas calles contagiando a mil 300 personas, de las que la tercera parte registraba severas infecciones respiratorias, fiebre, tos y otros síntomas similares a las de la influenza humana.

El contagio fue tan severo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) mandó de inmediato al gobierno mexicano un informe sobre la presencia de este fenómeno atípico de enfermedades respiratorias en plena primavera, a lo cual se respondió de manera oficial que el brote "no era grave".

A partir de entonces, pero sobre todo cuando la noche del 23 de abril se reconoció oficialmente la presencia de la pandemia de la nueva cepa de influenza en el Distrito Federal y otras entidades, y luego en Estados Unidos, el nombre de La Gloria comenzó a mencionarse hasta la saciedad en el ciberespacio, señalándola como la "cuna del virus".

Así, la comunidad fue estigmatizada en todo el mundo y sus familias fueron presas de una mala fama, como las portadoras de la nueva influenza a la que llegaron a comparar con la "gripe española" de principios del siglo pasado, que cobró la vida de millones de personas en todo el mundo.

Los rostros morenos curtidos por el sol y la tierra de los habitantes de La Gloria fueron entonces registrados por las cámaras fotográficas y de televisión de los reporteros que en caravana llegaban hasta ella para dar una imagen de los primeros infectados. ¿Cuantos ojos nos los vieron sin que ellos se dieran cuenta? Muchos, tal vez millones.

Edgar Hernández, de apenas cinco años, era el más buscado de todos los que habían padecido la rara gripe, pues se había comprobado que a pesar de que tuvo el virus había sanado con apenas un tratamiento de analgésicos y un antibiótico que le recetaron en el centro médico de la comunidad.

Para muchos era el "paciente cero", el punto de partida, el origen, la génesis de esta pandemia, "el milagro" que el mundo tendría que conocer, pues del febril infierno de la influenza había regresado a su casa en La Gloria sólo con paracetamol y amoxicilina, algo que hoy pone en tela de juicio el virólogo Carlos Arias, pues dice que aún faltan exámenes científicos que corroboren que fue infectado por ese virus.

Durante varios días los ojos del mundo globalizado de la informática se posaron en la pequeña comunidad veracruzana y, en cuestión de segundos, la conocieron en Europa, Asia, África y América.

Pero no como sus habitantes hubieran querido, por algún milagro que trajera el progreso y el bienestar tantas veces reclamado, sino como la fuente de la mayor amenaza viral de los últimos años que ha cancelado actividades en el Distrito Federal, alarma en Estados Unidos, Canadá, Europa y Asia, cancelación de vuelos y la estigmatización internacional de los mexicanos.

Así, temerosos, de una día a otro los habitantes de este pueblo se encerraron en sus casas, dejaron de trabajar o de andar por las calles de la comunidad y pasaron de la gloria al infierno, como si les hubiera caído la maldición de la peste bíblica del Apocalipsis.

Pero no contaban con la destreza política del gobernador Fidel Herrera que, raudo, sacó dinero de su bolsillo, mandó a pintar las casas, a pavimentar algunas calles y a vaticinarles a los habitantes que él los rescataría del infierno y de su mano los llevaría de nuevo a la gloria, escribiendo así una nueva historia surrealista de la política mexicana.
http://www.proceso.com.mx/opinion_articulo.php?articulo=68636

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